domingo, 24 de abril de 2011

La lección de los Maestros Zen

(extr. de "El Blanco Invisible", de Pascal Faulliot)

Andar es también el Zen...
Que se mueve o que se le deje inmóvil
el cuerpo permanece siempre en paz.
Incluso si se encuentra frente a una espada
el espíritu permanece tranquilo.

SHODOKA
El Canto del inmediato Satori


Hojo Tokimune, el shiken (regente), que rechazó las invasiones mongoles en el siglo XIII, es uno de los guerreros y jefe de estado más grande que ha conocido el Japón. Fue también uno de los primeros en estudiar bajo la dirección de los Maestros Zen y en favorecer el desarrollo de esta corriente del budismo. Se cuenta que un día visitó a Bukko, célebre Maestro Zen, para preguntarle:
-¿Cómo puedo escapar del miedo, ese monstruo que es el peor enemigo de nuestra vida?
- Suprime el origen del miedo -respondió Bukko.
- ¿De dónde surge el miedo?
- Del mismo Tokimune.
- El miedo es lo que más detesto por encima de todo. ¿Cómo puede provenir de mí mismo? -exclamó Tokimune.
- Intenta tirar por la borda tu querido “yo” llamado Tokimune, y observa entonces lo que sientes. Te veré de nuevo cuando hayas hecho esto.
- ¿Cómo puedo hacer eso? -insistió Tokimune. -Haz callar tus pensamientos.
- ¿Cómo?
- Siéntate con las piernas cruzadas en meditación y observa el origen de los pensamientos que según tú pertenecen a Tokimune.
- Tengo una vida pública tan activa que me es difícil encontrar tiempo para meditar.
- Sean cuales sean las actividades que realizas, considéralas como excelentes ocasiones para tu búsqueda interior y un día descubrirás quién es este querido Tokimune.
El ejemplo de Tokimune no es una excepción en Japón. Numerosos guerreros de todos los rangos se iniciaron en el Zen. Entre los generales más grandes del siglo XVI, Kenshin y Shingen fueron adeptos Zen. El célebre Maestro Tajima no Kami fue el discípulo de Takuan. Muchos guerreros más modestos, incluso ronins, frecuentaron los monasterios Zen.
¿Qué es lo que atraía del Zen a estos rudos samurais?
La actitud viril de los Maestros Zen es sin duda el factor determinante de esta atracción. Los Maestros Zen no mostraban ninguna debilidad en las situaciones más dramáticas, demostrando una increíble sangre fría. Nada parecía asustarles, ni siquiera la muerte. “Cuando los pensamientos se han tranquilizado, el fuego mismo es fresco y refresca”, fueron las últimas palabras del monje Kwaisen justo antes de morir quemado vivo en su monasterio, que había sido capturado por sus asaltantes ante la negativa del superior a entregárselo.
Los guerreros fueron también seducidos por el método esencialmente práctico del Zen que rechaza todo formalismo intelectual, dogmático o ritual. El Zen no es ni una filosofía ni una religión. Es una Vía que conduce a una experiencia decisiva: el satori. El satori es el despertar a sí mismo y a la Realidad.
El nombre Zen proviene del chino Chan que es la deformación de la palabra sánscrita Dhyana traducida por meditación, contemplación. “El Zen es, en su esencia, el arte de ver en la naturaleza del ser. Indica la Vía que va de la esclavitud a la libertad. Nos libera de todos los yugos bajo los que, criaturas limitadas, sufrimos constantemente, haciéndonos beber directamente en la fuente de la vida”, explica el profesor D. T. Suzuki. El Zen tiene la llave de la liberación, de la realización del “yo”. En ese momento, el hombre puede convertirse en Maestro de las energías que le habitan.
El Maestro comunica técnicas y consejos al alumno para guiarle. Su presencia es una ayuda preciosa. Pero su misión se detiene ahí. Es el mismo discípulo quien deberá hacer el trabajo necesario para despertarse. El Satori sobreviene sólo cuando las nubes de la ignorancia y de la ilusión se han disipado. De hecho, se trata de ir más allá del dualismo fabricado por el cuerpo mental que deforma la realidad.
Además de la meditación sedente (zazen) que es una explotación interior de las profundidades del ser y del cosmos, el Zen enseña técnicas destinadas a una toma de conciencia susceptible de provocar el estallido de “los límites de la mente”.
Por ejemplo, los diálogos (mondo) entre Maestro y discípulo.
A la pregunta “¿Qué es el Zen?”, el Maestro responde a veces:
¿Y tú, quién eres tú?” o bien “El ciprés está en el cementerio”, o bien se encoge de hombros.
Los koans son una especie de acertijos, de preguntas ilógicas que no tienen ninguna respuesta mental sobre las que el discípulo deba meditar. Los más célebres son:
- Todo vuelve al Uno, pero ¿adónde vuelve el Uno?
- Cuando tocas las palmas, el choque de las manos produce un sonido. ¿Cuál es el sonido producido por una sola mano?
El Zen, lejos de estar separado de la vida real, es por el contrario un arte de vivir que permite estar plenamente presente en cada gesto de la vida cotidiana. Para perfeccionar la realización interior, los monjes Zen ejecutan ellos mismos los trabajos necesarios para el mantenimiento del monasterio y practican las artes tradicionales. En esos momentos se ejercitan en la “meditación sobre la acción”, en “la concentración sobre el movimiento”. Numerosos Maestros Zen practican así aún en nuestros días las artes marciales, con el fin de realizar “una unión más estrecha entre el hombre y el instrumento, entre el sujeto y el objeto, entre el actor y la acción, entre el espíritu y el cuerpo”. El Maestro Zen no es solamente el que es capaz de quedarse varias horas en zazen, sino sobre todo el que es capaz de controlar armoniosamente todos los dominios de la existencia. La maestría en un arte es una prueba de realización interior.
Si el Zen y las artes marciales están íntimamente ligados en el Japón, el shinto, la antigua religión tradicional, es la tela de fondo del budô. Las ceremonias y el altar shinto ocupan su lugar en cualquier dôjô tradicional. El Maestro Ueshiba siguió una enseñanza shinto bajo la dirección del monje Degushi. El taoísmo es la Vía tradicional del imperio del Medio. El Zen es una síntesis entre el budismo hindú y el taoísmo. Verdadera alquimia interior, la enseñanza taoísta pasa por un conjunto de técnicas que conducen al Despertar de las energías latentes con el fin de regenerar al adepto. Los métodos son parecidos a los del Zen: meditación, control de la respiración, preguntas y respuestas enigmáticas, y desde luego la práctica de la meditación en movimiento, de la concentración en los gestos cotidianas. La meditación en la actividad es para los taoístas mil veces superior a la meditación en reposo: “El ritmo universal se manifiesta solamente cuando hay tranquilidad en el movimiento”.
El tai chi chuan, cultivado por los maestros taoístas, representa una de las artes marciales más perfectas. Es al mismo tiempo un arte de combate, una terapia, una danza simbólica y una meditación del cuerpo. Como su nombre lo indica, este arte consiste en gobernar la acción de la energía en el cuerpo. Los Maestros afirman que hay que conservar el chi original ya que de la misma manera que mantiene la pureza del Cielo y la calma de la Tierra, permite la realización de un Hombre”.
Si los caminos de acceso son diversos, los maestros de artes marciales han sabido integrar a su práctica las disciplinas susceptibles de conducir al último secreto.

“La gran Vía no tiene puertas
Miles de caminos llevan a ella.
Aquél que franquea esta puerta sin puerta
Anda libremente entre el Cielo y la Tierra.”

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