(extr. de "El Zen y el arte del tiro con arco", cap. VIII, de Eugen Herrigel)
...Después de todo lo dicho, mucho me temo que haya nacido en la mente de algunos lectores la sospecha de que, puesto que la arquería ha perdido su importancia en los combates de hombre a hombre, sólo ha podido sobrevivir como una forma extremadamente sutil y elaborada de espiritualidad y por ende sublimada de un modo no muy saludable. No creo que pueda censurarlos por entenderlo así.
De ahí que deba insistir una vez más en que las artes japonesas, entre las cuales se cuenta el arte de la arquería, no han sido puestas bajo la influencia de la Doctrina Zen en épocas recientes, sino que lo han estado durante siglos. En realidad, un Maestro arquero de aquellos lejanos tiempos, de haber sido puesto a prueba en tal sentido, no habría podido decir nada sobre la naturaleza misma de su arte que fuera radicalmente distinto de lo que puede decir un Maestro de nuestra época, para quien la Gran Doctrina es una realidad viviente. A través de los siglos el espíritu de este arte se ha mantenido sin variantes, tan poco alterable como la Doctrina Zen misma.
A fin de disipar cualquier duda -que, bien lo sé por experiencia propia, sería más que comprensible- propongo, con el propósito de comparar, que echemos una mirada a otra de estas artes cuya significación marcial no puede ser negada ni siquiera hoy: el arte de la esgrima. Lo propongo no sólo porque el Maestro Awa era también un excelente esgrimista "espiritual" sino también, y sobre todo, porque existe un documento literario de capital importancia, que data de la época feudal, en la que la caballería estaba en su apogeo y los Maestros esgrimistas debían demostrar su habilidad de la manera más irrevocable, a riesgo de perder la vida. Me refiero al tratado del gran Maestro Zen Tawuan, titulado La comprensión inmutable, donde se estudia in extenso la relación que une a la Doctrina Zen con el arte de la esgrima y la práctica de torneos de espadachines. No sé si éste es el único documento que expone la Gran Doctrina de la Esgrima con tanto detalle y tanta originalidad, y menos aún si existen testimonios similares sobre el arte de la arquería. Sea como fuere, es verdaderamente una suerte que se haya conservado este notable informe de Takuan y un gran servicio el que ha rendido D. T. Suzuki al traducir en forma más o menos completa esta carta de un famoso maestro de esgrima, poniéndola así al alcance de un gran sector de lectores (4).
Ordenando y resumiendo dicho material a mi manera, intentaré explicar en la forma más sucinta y clara posible qué se entendía en el pasado por esgrima y qué, según opinión unánime de los grandes maestros, debe entenderse por ello en la actualidad.
Entre los Maestros de esgrima y en base a su propia experiencia ya la de sus discípulos, se da por descontado que el principiante, por más fuerte y belicoso que sea y por más valeroso e intrépido que se sienta al principio, no bien comienza sus lecciones pierde no sólo su conciencia de sí sino inclusive la confianza en sí mismo. Llega a conocer todas las posibilidades técnicas que pueden poner en peligro su vida en el combate y aunque no tarda en mostrarse capaz de concentrar su atención al máximo de mantener una penetrante vigilancia sobre su adversario, de rechazar correctamente sus ataques y de lanzar estocadas efectivas, está en realidad en peores condiciones que cuando, mitad en broma y mitad en serio atacaba al azar de la inspiración del momento y según se lo sugiriera el rigor y el regocijo del combate. Ahora, en cambio, se ve obligado a admitir que está a merced de todo aquel que sea más fuerte, más ágil y más diestro que él. No ve, pues, otra salida que la práctica incesante y su instructor tampoco puede aconsejarle otra cosa por el momento. Así, el principiante se dedica de lleno a superar la habilidad de los otros y aun la propia; adquiere una técnica brillante que le devuelve parte de la perdida confianza en sí mismo y piensa que se está acercando a la meta anhelada. El instructor piensa, sin embargo, de muy distinta manera, y -afirma Takuan- está en lo cierto, pues toda la habilidad del principiante sólo lo conducirá a que "su corazón sea arrebatado por la espada".
No obstante, los primeros pasos de la instrucción no pueden ser impartidos de modo distinto y este sistema es el más apropiado para el principiante, aunque no conduzca hacia la meta, cosa que el instructor no ignora. El hecho de que el alumno no pueda convertirse en maestro de esgrima a pesar de su celo y aun a pesar de su habilidad natural, es más que comprensible. Pero, ¿qué razón hay para que él, que desde hace tiempo ha aprendido a no dejarse arrebatar por el calor del combate, y sí a mantenerse sereno, a conservar sus energías, y que ahora ya se siente preparado para entablar largos combates, y que difícilmente pueda hallar en su medio un adversario que lo iguale, juzgado por standards más elevados, fracase a último momento y sea incapaz de todo progreso?
La causa -siempre según Takuan- reside en el hecho de que el alumno no puede dejar de observar a su antagonista ni lo que éste hace con su espada; que constantemente está pensando en cuál será la mejor manera de atacarlo, esperando el momento de hallarlo desprevenido.
En resumen, lo que ocurre es que está dependiendo todo el tiempo de su arte y de sus conocimientos. Al hacerlo -asevera Takuan- pierde su "presencia de ánimo", la estocada decisiva llega siempre demasiado tarde y es incapaz de "volver la espada de su adversario contra el que la empuña". Cuanto más trata de hacer que dependa la excelencia en el manejo de la espada de su propia reflexión, de la utilización consciente de su habilidad y su experiencia y tácticas de lucha, más inhibe el libre "trabajo del corazón". ¿Qué debe, pues, hacerse? ¿Cómo se espiritualiza la habilidad y cómo el supremo control de la técnica se convierte en arte magistral del manejo de la espada? Según se nos informa, esto sólo es posible mediante el desprendimiento de sí mismo y la liberación de todo designio por parte del alumno. Debe enseñársele a desprenderse no sólo de su adversario sino también de sí mismo. Debe superar la etapa en que se halla y dejarla para siempre atrás, aun a riesgo de un fracaso irreparable.
¿No suena todo esto tan absurdo como la exigencia de que el arquero deba acertar sin tomar puntería, deba despreocuparse totalmente de la meta y de su intención de dar en el blanco? Conviene, no obstante, recordar que la esgrima magistral, cuya esencia describe Takuan, se ha vindicado en mil contiendas.
El papel del instructor no es señalar el camino en sí, sino permitir al alumno adquirir una clara percepción de este camino hacia la meta mediante su adaptación a las características individuales del sujeto. De ahí que comenzará adiestrándose para evitar instintivamente los ataques, aun cuando éstos lo tomen completamente por sorpresa. D. T. Suzuki describe, en una deliciosa anécdota, el método asombrosamente original empleado por un instructor para cumplir esta difícil tarea:
El Maestro de esgrima japonés emplea a veces el método Zen de adiestramiento. Cierta vez un alumno pidió a un Maestro que lo instruyera en el arte de la esgrima, y éste, que llevaba una vida recoleta en su choza en la montaña, accedió. Le asignó la tarea de ayudarlo a cortar y recoger leña, acarrear agua de una fuente cercana hacer el fuego, cocinar arroz, barrer las habitaciones, cuidar el jardín y encargarse de todos los trabajos domésticos mas no le impartía ninguna enseñanza regular o técnica en el arte de la esgrima. Pasado un tiempo, el joven comenzó a impacientarse ya que en efecto no había acudido al anciano para ser su sirviente sino para aprender el manejo de la espada. De ahí que un día se decidiera y hablara al respecto con el Maestro, pidiéndole que empezase realmente a enseñarle. El Maestro consintió. Lo que el joven ganó con ello fue que ya no pudo trabajar tranquilo; en las primeras horas de la mañana, cuando empezaba a cocinar arroz, aparecía el Maestro y lo golpeaba con un palo en la espalda. Cuando estaba barriendo, el mismo golpe estallaba en su espalda, sin que pudiera atinar a saber de dónde venía. Perdió la tranquilidad y la paz de espíritu; tenía que estar constantemente sobre el "quién vive". Pasaron algunos años antes de que pudiera sortear con astucia y agilidad los golpes, vinieran de donde viniesen, pero el Maestro aun no parecía satisfecho con los progresos del alumno. Un día, el Maestro estaba tranquilamente cocinando sus verduras en el fuego cuando el joven decidió aprovechar la oportunidad y armándose de un enorme palo lo dejó caer sobre la cabeza del Maestro que estaba inclinado sobre la olla revolviendo su contenido, pero el palo fue ágilmente detenido con la tapa de la olla. Esto iluminó al joven sobre los secretos del arte que hasta entonces le habían sido vedados. Por primera vez tuvo conciencia de la extraordinaria bondad del Maestro. (5)
El alumno debe desarrollar un nuevo sentido o, más exactamente, una nueva vigilancia, un nuevo estado de alerta de todos sus sentidos, que le permita evitar las estocadas más peligrosas como si las sintiera venir. Cuando ha llegado a dominar este arte de eludir los golpes ya no necesita observar con vigilante atención los movimientos del adversario ni de varios adversarios a la vez. Más bien, ve y siente lo que va a suceder y al mismo tiempo ha eludido ya su efecto sin que medie "el grosor de un cabello" entre la percepción propiamente dicha y el acto de esquivar. Es esto, pues, lo que importa: una reacción veloz que no necesite ya de la observación consciente.
Al menos en este sentido el alumno se independiza de todo designio consciente, lo cual es ya un gran progreso.
Lo más difícil y de una importancia realmente decisiva es hacer que el alumno deje de pensar en el comportamiento de su adversario y de observarlo; toma en serio su "no-observación" y sabe controlarse en todo momento, pero no nota que, al concentrar su atención en sí mismo, se ve inevitablemente como el combatiente que a cualquier costo tiene que evitar observar a su antagonista.
Haga lo que hiciere, sigue teniéndolo secretamente presente. Sólo en apariencia se ha desprendido de él y cuanto más se esfuerza por olvidarlo, más íntimamente se liga a él.
Se necesita una sutil guía psicológica para convencer al alumno de que no ha ganado nada fundamental con esta desviación de su atención. Debe aprender a no prestar atención a su persona de la misma resuelta manera en que no tiene en cuenta a su antagonista, y despojarse radicalmente de todo propósito, abstraerse también visualmente de sí. Como en la arquería, se requiere suma paciencia y práctica, pero una vez que esta práctica ha conducido al adepto a la meta, desaparece el último vestigio de autovisión en una definitiva y radical abstracción de sí.
Este estado de desprendimiento es seguido automáticamente por una forma de conducta que muestra una sorprendente semejanza con la etapa anterior, de evasión instintiva. Así como en esta etapa no había el grosor de un pelo entre la percepción de la estocada y el acto de esquivarla, no existe aquí tampoco ninguna transición entre la evasión y la acción. En el momento mismo de la evasión el combatiente se recoge para golpear y como un relámpago se produce la estocada mortal, segura, irresistible. Es como si la espada se manejara a sí misma, y así como decimos en la arquería que Ello apunta y acierta aquí también Ello sustituye al ego actuando con una facilidad y una destreza que el ego sólo es capaz de adquirir mediante el esfuerzo consciente. También aquí Ello es sólo el nombre de algo que no puede ser comprendido ni aprehendido y que sólo es revelado a quienes lo han experimentado.
La perfección en el arte de la esgrima se alcanza, según Takuan, cuando el corazón deja de preocuparse por pensamientos sobre el yo y el tú, sobre el adversario y su espada, la propia espada y cómo blandirla y manejarla y aun sobre la vida y la muerte. "Todo es vacuidad: el propio yo, la espada centelleante y el brazo que la esgrime. Aun el pensamiento mismo de la vacuidad ya no está allí." De esta vacuidad absoluta, afirma Takuan, "surge el más maravilloso replegamiento del hacer".
Y lo que es así en cuanto a la arquería y la esgrima, también lo es aplicado a las demás artes. De ahí que la maestría en la pintura tradicional japonesa sólo pueda lograrse cuando la mano, dueña ya su técnica, ejecuta lo que "ronda" ante el ojo del pensamiento en el mismo instante que el pensamiento comienza a concebirlo, sin que medie entre ellos el grosor de un cabello. La pintura se convierte entonces en una caligrafía. Aquí también las instrucciones -en este caso del pintor- podrían ser: pase diez años observando bambúes, conviértase usted mismo en un bambú, luego olvide todo y póngase a pintar.
El Maestro de esgrima es tan inconsciente de sí mismo como el principiante. La indiferencia que perdió al comienzo de su instrucción, la recupera al final como una característica indestructible. Pero, a diferencia del principiante, se mantiene en reserva, es calmo y modesto y no siente el menor deseo de exhibirse. Entre las etapas del aprendizaje y las de la maestría hay luengos años de infatigable práctica. Por influencia de la Doctrina Zen, su pericia se hace espiritual, y él mismo, cada vez más libre mediante la lucha espiritual, es transformado. La espada que a partir de ese momento se ha convertido en su “alma”, ya no sale fácilmente de su vaina; sólo la desenfunda cuando es inevitable hacerlo. De este modo puede suceder que evite combatir con un adversario indigno, un fanfarrón que se jacta de sus músculos, aceptando con risueña indiferencia la acusación de cobardía; mientras que, por estima a su contrincante, insistirá en un combate que no puede tener otro resultado que su muerte de un modo honorable. Éstos son los sentimientos que gobiernan el ethos del samurai, el incomparable "sendero del samurai" conocido con el nombre de Bushido, pues muy por encima de todo lo demás -victoria, fama, y hasta la vida misma- se halla la "espada de la verdad", que lo guía y lo juzga.
Como el principiante, el Maestro de esgrima es intrépido, pero a diferencia de él se torna cada día menos accesible al miedo. Años de incesante meditación le han enseñado que la vida y la muerte son en el fondo lo mismo y pertenecen al mismo estrato de realidad. Ya no sabe ni del miedo a la vida ni del terror a la muerte; vive -y esto es plenamente característico de la Doctrina Zen- suficientemente feliz en el mundo, pero está dispuesto a abandonarlo en cualquier momento, sin que le inquiete en absoluto la idea de la muerte. Por algo los samurai han elegido el frágil capullo del cerezo como su símbolo más auténtico. Como un pétalo desprendido bajo el sol matinal y que flota serenamente hacia la tierra, así el intrépido debe desprenderse de la vida, silencioso e interiormente impasible.
Estar libre del temor a la muerte no significa fingir ante uno mismo, en los buenos momentos, que no se temblará en presencia de la muerte y que nada hay que temer.
Antes bien, quien domina tanto la vida como la muerte, está exento de todo tipo de miedo hasta el punto de que ya no sabe siquiera qué es ni cómo es el miedo. Quienes no conocen el poder de la meditación rigurosa y prolongada, no tienen idea de las grandes conquistas sobre uno mismo que ella permite lograr. De cualquier manera el Maestro, cuando ha llegado a la perfección, demuestra en todo momento su valor, no a través de las palabras, sino en su misma conducta; basta con mirarlo para sentirse profundamente afectado por ella. Esa intrepidez inconmovible significa maestría y la maestría en la naturaleza misma de las cosas, es algo que pocos pueden alcanzar. En prueba de ello citaré un pasaje del Hagakure, que data de mediados del siglo XVII:
Yagyu Tajima-no-kami era un gran esgrimista y Maestro en el arte de la época del Shogun Tokugawa Iemitsu.
Cierto día, uno de los guardias personales del Shogun se presentó ante Tajima-no-kami y le pidió que lo instruyera.
El Maestro dijo:
-Según puedo ver usted parece ser ya un Maestro de esgrima. Dígame, por favor, a qué escuela pertenece antes de que entablemos nuestra relación de Maestro y alumno.
El guardia respondió:
-Me avergüenza confesar que nunca he aprendido el arte.
-¿Se burla de mí? Soy Maestro del honorable Shogun y sé que mi "ojo" no falla.
-Lamento ofender su honor, pero realmente no sé absolutamente nada.
La resuelta negativa del visitante hizo que el Maestro meditara un instante y luego:
-Si así dice, así debe ser; sin embargo, estoy seguro de que usted es Maestro de algo, aunque no acierto a precisar de qué.
-Ya que insiste, se lo diré. Hay algo de lo cual puede decirse que soy un maestro completo. Cuando aún era un niño, pensé que en mi condición de samurai no debía, en ninguna circunstancia, temer a la muerte y he luchado con el problema de la muerte durante años, hasta que dejó de preocuparme. ¿Será esto lo que usted intuye?
-Exactamente -exclamó Tajima-no-kami- eso es lo que quería decir. Me alegro de no haberme equivocado, pues los secretos últimos de la esgrima residen también en liberarse del pensamiento de la muerte. He adiestrado centenares de alumnos pero hasta la fecha no he hallado ninguno que merezca realmente el título de Maestro. Usted no necesita adiestramiento, es ya un Maestro.
Desde la más remota antigüedad la sala de práctica donde se aprende el arte de la esgrima es denominada "Lugar de la Iluminación".
Todo Maestro que practica un arte moldeado por la Doctrina Zen es como un relámpago nacido de la nube de la Verdad Omnímoda. Esta Verdad está presente en el libre movimiento de su espíritu y la encuentra una vez más en Ello como su propia esencia original e innominada.
Encuentra esta esencia una y otra vez como las posibilidades extremas de su propio ser, de manera que la Verdad asume para él -y para otros a través de él- mil formas y aspectos. A pesar de la rigurosa disciplina a la que se ha sometido con paciencia y humildad, aun está lejos de hallarse tan penetrado e iluminado por la Doctrina que pueda sentirse sostenido por ella en todo cuanto hace, de manera que su vida esté hecha sólo en momentos perfectos. La libertad suprema aun no se ha convertido para él en una necesidad.
Si es atraído irresistiblemente hacia la meta, debe emprender de nuevo su camino, tomar el sendero del arte sin artificios. Debe atreverse a penetrar en el Origen, a fin de vivir con la Verdad y en la Verdad, como alguien que se ha vuelto uno con ella. Debe convertirse de nuevo en alumno, en principiante; conquistar el último y más arduo tramo del sendero, sufrir nuevas transformaciones. Si sobrevive a sus riesgos, entonces su destino estará cumplido y contemplará de frente la Verdad intacta. La Verdad está más allá de todas las virtudes, el Origen informe de los orígenes, el Vacío que es el Todo; es absorbido por él y de él emerge, renacido.
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4 Daisetz Teitaro Suzuki, Zen Buddhism and its Influence on Japanese Culture, Kyoto, Sociedad Budista Oriental, 1938.
5 Daisetz Teitaro Suzuki, Zen Buddhism and its Influence on Japanese Culture, págs. 7 y 8.
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