domingo, 24 de abril de 2011

El último secreto

(extr. de "El Blanco Invisible", de Pascal Faulliot)

“Aquel que realiza el
secreto del budô tiene el universo en él mismo
y puede decir: Yo soy
el universo. Por esta razón,
cuando alguien intenta combatir conmigo,
se enfrenta al mismo universo,
debe romper la armonía
del universo. En el instante
en el que piensa medirse conmigo,
ya ha perdido.

UESHIBA MORIHEI


Por misteriosos que puedan parecer sus secretos, los Maestros han dejado testimonios significativos, de una simplicidad desarmante...
“El verdadero blanco que el arquero debe apuntar es su propio corazón nos dice una máxima del Kyudô, la Vía del tiro con arco. Kokoro significa en japonés corazón, pero también espíritu, ser. Kokoro, como el corazón físico enraizado en el cuerpo, es ese centro del hombre que hace palpitar su ser profundo, bajo la capa de las apariencias.
Los Maestros, igual que los guías de alta montaña, indican el Camino, las etapas para llegar a apuntar el propio corazón. Takuan, célebre Maestro Zen, enseñaba a su no menos ilustre discípulo Tajima no Kami, profesor de sable del shogun, que la Vía del corazón comienza por la “no-dispersión de la energía”, por la verdadera “concentración”. Explicaba por ejemplo que si el ki es dirigido sobre los movimientos del adversario, es hipnotizado por ellos. Si es dirigido sobre la defensa, está preso por la idea de defensa. El ki prisionero está a merced del adversario. Tokuan lo alentaba, para liberar su ki, a que lo dejara invadir todo el cuerpo, que lo dejara atravesar la totalidad de su ser. En esas circunstancias no se perderá ningún tiempo ni ninguna energía si hay que utilizar las piernas o las manos. La respuesta adaptada a las circunstancias será instantánea, inmediata como un chispazo. Si la fluidez del ki es preservada guardándola libre de las elucubraciones mentales y de las reacciones emocionales, actuará allí donde sea necesario, con la rapidez del relámpago.
Los japoneses llaman a esta fluidez munen o muso, es decir, “no-mente”, “no-ego”. Su tradición compara este estado a la claridad de la luna que aunque es única, se refleja por todas partes donde hay agua, sin discriminación, instantáneamente.
De la misma manera que el Maestro Takuan aconseja dejar que el ki invada la totalidad del cuerpo, los taoístas y los Maestros del tai chi chuan afirman que el cuerpo humano es parecido a la tierra: posee ríos subterráneos. “Si estos ríos no son obstruidos, la circulación de la energía se produce naturalmente”. Esta sabiduría del cuerpo parece haber sido olvidada por un número demasiado grande de expertos contemporáneos que confunden “dominio del cuerpo” con musculatura, endurecimiento, resistencia y condición física “destructora”. Sin embargo, los adeptos taoístas no dejan de poner en guardia: “Un practicante del Tao preserva su cuerpo físico con la misma atención que tendría hacia una piedra preciosa, ya que el Tao no puede ser alcanzado sin el cuerpo...”
La Vía de las artes marciales se asienta por completo en la idea de que un trabajo con el cuerpo es una meditación del cuerpo. El cuerpo puede servir de receptáculo a una energía que obrará en el interior y realizará una maravillosa alquimia.
“Si el adepto armoniza el pequeño universo que es su cuerpo, estará en armonía con el Cosmos”, declaran los taoístas. “La Vía de las artes marciales es hacer del corazón del Universo su propio corazón, lo cual significa estar unido al centro del Universo.” Tal es la increíble afirmación de Ueshiba Morihei.
La ciencia esotérica común a todas las grandes tradiciones enseña que el hombre es un macrocosmos, es decir, un modelo reducido del Universo, del macrocosmos. El ser humano contiene en estado latente todas las dimensiones del Universo, obedece a las mismas leyes, a los mismos ritmos. El arte de apuntar al propio corazón consiste en armonizares consigo mismo para poder “conectarse” con la fuente del ki original. Se dice que los grandes Maestros han roto la pantalla asfixiante del ego para dejar que el aliento del Universo atraviese su ser. La magia del Tao opera a través de ellos. A través del wu-wei, la no-resistencia, dominan el “arte sin artificio”.
“Cuando un Maestro pasa, los perros no ladran”, dice un proverbio oriental. Reconciliado consigo mismo y con el Universo “absorbe al otro en su propio corazón”, nos confía el Maestro Ueshiba. La presencia de un hombre así armoniza todo lo que le rodea.
“Con un extremo de su arco el arquero clava el Cielo, con el otro, la Tierra, y la cuerda que los une lanza la flecha al Corazón del Blanco visible e invisible”. El Arquero es el Hombre verdadero que según los ritos chinos desempeña una misión en la Creación al mismo nivel que el Cielo y la Tierra: “El Cielo engendra, la Tierra nutre y el Hombre realiza.” El Hombre que practica el Arte de apuntar su Corazón reintegra su verdadero lugar: ser un trazo de Unión entre el espíritu y el cuerpo, entre el Cielo y la Tierra.
La Vía de las artes marciales, tal y como es enseñada por los raros Maestros auténticos, ( ¡no confundir con las imitaciones!) es pues uno de los hilos de Ariadna que conduce a la llave que nos permite revelar el desafío.
De todas maneras, repiten los Maestros, sea cual sea la Vía elegida para resolver el enigma que nos plantea el Universo en nuestra propia existencia, sólo es posible realizar la gran Aventura a través de una experiencia vivida, a costa de un aprendizaje intensivo bajo la dirección de un verdadero Maestro. Pero hay que saber, añaden, que la Última Realidad no puede ser comunicada ni por palabras, ni por símbolos. Un guía experimentado puede aconsejar, alentar, pero el secreto no puede ser transmitido de un hombre a otro. Debe ser conquistado.

“Lo que habéis aprendido escuchando las palabras de otros
Lo olvidaréis rápidamente.
Lo que habéis aprendido con la totalidad de vuestro
cuerpo, lo recordaréis durante toda vuestra vida.”

FUNAKOSHI GICHIN

“Conocer algo quiere decir experimentarlo
concretamente.
Un libro de cocina no aliviará vuestra hambre.

TAKUAN

La lección de los Maestros Zen

(extr. de "El Blanco Invisible", de Pascal Faulliot)

Andar es también el Zen...
Que se mueve o que se le deje inmóvil
el cuerpo permanece siempre en paz.
Incluso si se encuentra frente a una espada
el espíritu permanece tranquilo.

SHODOKA
El Canto del inmediato Satori


Hojo Tokimune, el shiken (regente), que rechazó las invasiones mongoles en el siglo XIII, es uno de los guerreros y jefe de estado más grande que ha conocido el Japón. Fue también uno de los primeros en estudiar bajo la dirección de los Maestros Zen y en favorecer el desarrollo de esta corriente del budismo. Se cuenta que un día visitó a Bukko, célebre Maestro Zen, para preguntarle:
-¿Cómo puedo escapar del miedo, ese monstruo que es el peor enemigo de nuestra vida?
- Suprime el origen del miedo -respondió Bukko.
- ¿De dónde surge el miedo?
- Del mismo Tokimune.
- El miedo es lo que más detesto por encima de todo. ¿Cómo puede provenir de mí mismo? -exclamó Tokimune.
- Intenta tirar por la borda tu querido “yo” llamado Tokimune, y observa entonces lo que sientes. Te veré de nuevo cuando hayas hecho esto.
- ¿Cómo puedo hacer eso? -insistió Tokimune. -Haz callar tus pensamientos.
- ¿Cómo?
- Siéntate con las piernas cruzadas en meditación y observa el origen de los pensamientos que según tú pertenecen a Tokimune.
- Tengo una vida pública tan activa que me es difícil encontrar tiempo para meditar.
- Sean cuales sean las actividades que realizas, considéralas como excelentes ocasiones para tu búsqueda interior y un día descubrirás quién es este querido Tokimune.
El ejemplo de Tokimune no es una excepción en Japón. Numerosos guerreros de todos los rangos se iniciaron en el Zen. Entre los generales más grandes del siglo XVI, Kenshin y Shingen fueron adeptos Zen. El célebre Maestro Tajima no Kami fue el discípulo de Takuan. Muchos guerreros más modestos, incluso ronins, frecuentaron los monasterios Zen.
¿Qué es lo que atraía del Zen a estos rudos samurais?
La actitud viril de los Maestros Zen es sin duda el factor determinante de esta atracción. Los Maestros Zen no mostraban ninguna debilidad en las situaciones más dramáticas, demostrando una increíble sangre fría. Nada parecía asustarles, ni siquiera la muerte. “Cuando los pensamientos se han tranquilizado, el fuego mismo es fresco y refresca”, fueron las últimas palabras del monje Kwaisen justo antes de morir quemado vivo en su monasterio, que había sido capturado por sus asaltantes ante la negativa del superior a entregárselo.
Los guerreros fueron también seducidos por el método esencialmente práctico del Zen que rechaza todo formalismo intelectual, dogmático o ritual. El Zen no es ni una filosofía ni una religión. Es una Vía que conduce a una experiencia decisiva: el satori. El satori es el despertar a sí mismo y a la Realidad.
El nombre Zen proviene del chino Chan que es la deformación de la palabra sánscrita Dhyana traducida por meditación, contemplación. “El Zen es, en su esencia, el arte de ver en la naturaleza del ser. Indica la Vía que va de la esclavitud a la libertad. Nos libera de todos los yugos bajo los que, criaturas limitadas, sufrimos constantemente, haciéndonos beber directamente en la fuente de la vida”, explica el profesor D. T. Suzuki. El Zen tiene la llave de la liberación, de la realización del “yo”. En ese momento, el hombre puede convertirse en Maestro de las energías que le habitan.
El Maestro comunica técnicas y consejos al alumno para guiarle. Su presencia es una ayuda preciosa. Pero su misión se detiene ahí. Es el mismo discípulo quien deberá hacer el trabajo necesario para despertarse. El Satori sobreviene sólo cuando las nubes de la ignorancia y de la ilusión se han disipado. De hecho, se trata de ir más allá del dualismo fabricado por el cuerpo mental que deforma la realidad.
Además de la meditación sedente (zazen) que es una explotación interior de las profundidades del ser y del cosmos, el Zen enseña técnicas destinadas a una toma de conciencia susceptible de provocar el estallido de “los límites de la mente”.
Por ejemplo, los diálogos (mondo) entre Maestro y discípulo.
A la pregunta “¿Qué es el Zen?”, el Maestro responde a veces:
¿Y tú, quién eres tú?” o bien “El ciprés está en el cementerio”, o bien se encoge de hombros.
Los koans son una especie de acertijos, de preguntas ilógicas que no tienen ninguna respuesta mental sobre las que el discípulo deba meditar. Los más célebres son:
- Todo vuelve al Uno, pero ¿adónde vuelve el Uno?
- Cuando tocas las palmas, el choque de las manos produce un sonido. ¿Cuál es el sonido producido por una sola mano?
El Zen, lejos de estar separado de la vida real, es por el contrario un arte de vivir que permite estar plenamente presente en cada gesto de la vida cotidiana. Para perfeccionar la realización interior, los monjes Zen ejecutan ellos mismos los trabajos necesarios para el mantenimiento del monasterio y practican las artes tradicionales. En esos momentos se ejercitan en la “meditación sobre la acción”, en “la concentración sobre el movimiento”. Numerosos Maestros Zen practican así aún en nuestros días las artes marciales, con el fin de realizar “una unión más estrecha entre el hombre y el instrumento, entre el sujeto y el objeto, entre el actor y la acción, entre el espíritu y el cuerpo”. El Maestro Zen no es solamente el que es capaz de quedarse varias horas en zazen, sino sobre todo el que es capaz de controlar armoniosamente todos los dominios de la existencia. La maestría en un arte es una prueba de realización interior.
Si el Zen y las artes marciales están íntimamente ligados en el Japón, el shinto, la antigua religión tradicional, es la tela de fondo del budô. Las ceremonias y el altar shinto ocupan su lugar en cualquier dôjô tradicional. El Maestro Ueshiba siguió una enseñanza shinto bajo la dirección del monje Degushi. El taoísmo es la Vía tradicional del imperio del Medio. El Zen es una síntesis entre el budismo hindú y el taoísmo. Verdadera alquimia interior, la enseñanza taoísta pasa por un conjunto de técnicas que conducen al Despertar de las energías latentes con el fin de regenerar al adepto. Los métodos son parecidos a los del Zen: meditación, control de la respiración, preguntas y respuestas enigmáticas, y desde luego la práctica de la meditación en movimiento, de la concentración en los gestos cotidianas. La meditación en la actividad es para los taoístas mil veces superior a la meditación en reposo: “El ritmo universal se manifiesta solamente cuando hay tranquilidad en el movimiento”.
El tai chi chuan, cultivado por los maestros taoístas, representa una de las artes marciales más perfectas. Es al mismo tiempo un arte de combate, una terapia, una danza simbólica y una meditación del cuerpo. Como su nombre lo indica, este arte consiste en gobernar la acción de la energía en el cuerpo. Los Maestros afirman que hay que conservar el chi original ya que de la misma manera que mantiene la pureza del Cielo y la calma de la Tierra, permite la realización de un Hombre”.
Si los caminos de acceso son diversos, los maestros de artes marciales han sabido integrar a su práctica las disciplinas susceptibles de conducir al último secreto.

“La gran Vía no tiene puertas
Miles de caminos llevan a ella.
Aquél que franquea esta puerta sin puerta
Anda libremente entre el Cielo y la Tierra.”

En el umbral del misterio

(extr. de "El Blanco Invisible", de Pascal Faulliot)

“Cuando un hombre anciano
desplaza un peso enorme
o resiste con triunfo a varios jóvenes,
no se trata evidentemente
de un problema de fuerza.
¿Cómo puede suceder esto gracias
a la rapidez”.

WANG CHUNG YUEH


La biografía del Maestro Ueshiba Morihei, fundador del Aikidô, está llena de acontecimientos extraordinarios. En el curso de su existencia, más de una vez fue atacado de una manera completamente inesperada, tanto por detrás como cuando dormía. Sin embargo, nunca fue sorprendido, siempre consiguió neutralizar a su adversario. Un día, aceptó combatir sin armas contra un experto de Kendô, armado con su sable de madera (boken). Esquivó todos los golpes hasta que su adversario, cansado, renunció a atacarle.
El Maestro Ueshiba explicaba: Antes de que alguien me ataque, su ki viene hacia mí. Si lo evito y su cuerpo sigue su ki, sólo tengo que tocarle ligeramente para que caiga al suelo.
En el curso de una expedición a Mongolia realizó una proeza aún más sorprendente. Un soldado le estaba apuntando con un fusil a unos seis metros. En el momento en el que disparó, el soldado tuvo la desagradable sorpresa de ser asaltado por Ueshiba que lo desarmó.
El Maestro habría dicho: Existe un tiempo muy largo entre el momento en el que un hombre decide disparar y el momento en el que dispara efectivamente.
¿Tenía la facultad de jugar con el tiempo? ¿Podía escapar a las leyes de la física?.
Sin lugar a dudas un hombre así es un enigma que molesta a los científicos oficiales y cartesianos. Sobre todo por el hecho que no se puede decir que estas historias forman parte de la credulidad supersticiosa de la Edad Media. Ueshiba Morihei es, en efecto, un Maestro contemporáneo, muerto en 1969. Numerosos testigos, aún vivos, pueden certificar lo que ellos han visto con sus propios ojos. Existen incluso fotografías en las que se ve a Ueshiba, frágil anciano de ochenta años, resistir el empuje vigoroso de un hombre joven, con el cuerpo relajado y una sonrisa en los labios.
Estos extraños poderes son comunes a todas las artes marciales. Constituyen la ciencia del CHI en chino, del KI en japonés. Esta es una noción difícil de traducir al francés o al castellano. Ki significa a la vez aliento, energía interna, atención, espíritu. Existen diferentes calidades de ki. Según la tradición oriental, el ki original se extiende por todo el Universo y se degrada poco a poco a medida que se aleja de la fuente, el Tao, para impregnar más o menos, en función de su nivel, a los seres y las cosas del cosmos.
Técnicas de respiración, de concentración y de meditación son enseñadas con el fin de sentir y dominar el ki.
El KIAI, vulgarmente llamado “grito que mata”, es de hecho el arte de dirigir, de proyectar el ki. Existen dos aspectos del kiai: un grito sonoro que emite una cierta calidad de vibración, grito que proviene del hara, el centro vital del hombre, situado en el bajo vientre. Este HARA es el centro de gravedad del cuerpo y condiciona su estabilidad, sus movimientos y sus desplazamientos. Todo movimiento alcanza su máximo de eficacia si ha sido iniciado en este hara, y por el contrario se encuentra bloqueado si su origen es una contracción muscular. El segundo aspecto del kiai es el fenómeno del “grito silencioso”, que proviene de las profundidades del ser. Este grito proyecta una energía sutil y puede manifestarse en los ojos. Se parece un poco a la hipnosis. El objetivo de los gritos, sonoros y silenciosos, es el mismo: emitir vibraciones susceptibles de perturbar al adversario, pero también pueden servir para reanimar a los que han perdido el conocimiento, gracias al choque producido por la vibración.
El KIME es el hecho de proyectar el ki con la ayuda del cuerpo, concentrando la onda de choque y la energía interna sobre un punto de manera que esta energía pueda continuar cuando el golpe se detiene. Los Maestros de karate practican a veces una experiencia curiosa: un alumno tiene un colchón doblado en cuatro veces contra su vientre, sin olvidar de contraer sus abdominales. El Maestro da una patada completamente relajada, pero con el kime concentrado sobre el colchón. El alumno está obligado entonces a dejar el colchón para cogerse el vientre y no puede impedir que un grito de dolor se le escape. La energía, después de haber atravesado el colchón y el vientre contraído, ha alcanzado finalmente la columna vertebral.
El sexto sentido, la facultad de presentir un ataque, también está en relación con el ki, la energía. Todo pensamiento, toda intención es una onda emitida por una persona y que puede ser captada por otra, cuya sensibilidad esté muy desarrollada. Los grandes Maestros, después de años de práctica, poseen este poder de presentir intuitivamente un ataque. De esta manera pueden anticiparse a los movimientos del adversario y, a pesar de su avanzada edad, permanecer inatacables.
El ki no es ni bueno ni malo en sí mismo. El kiai puede servir para paralizar o para reanimar. Es la persona que lo utiliza quien lo hace benéfico o maléfico, destructor o creador. El empleo de estos poderes por un individuo egoísta que los utiliza para sus fines malvados puede desnaturalizarlos y corromperlos. Las escuelas de sabiduría, dignas de ese nombre, eran pues muy severas en cuanto a la selección de candidatos y la transmisión de las técnicas sólo se llevaba a cabo en el más estricto secreto.
De todas maneras, la conquista de los poderes no es la meta de la Vía. No es más que una consecuencia del despertar de las facultades latentes en todo ser humano, que resulta de un cierto trabajo interior necesario para la realización de sí. Los Maestros sólo utilizan sus poderes muy raramente, para proteger la vida o en el marco de su enseñanza.
La utilización de los poderes, la manipulación de las energías no es gratuita. Por el contrario hay que temer el choque de vuelta. Tal es la ley del karma: se recoge lo que se ha sembrado. Aquel que abusa de los poderes malgasta su energía y se hunde en un laberinto oscuro, perdiendo toda esperanza de acceder a la verdadera maestría, al último secreto.
Entreabriéndonos una puerta a un mundo desconocido, las historias de poderes “extraordinarios” nos dejan el sabor de una Realidad impalpable.
¿No se nos escapa completamente la ciencia de la energía? ¿El Universo y el Hombre no son un fantástico enigma?.

Los bu-jutsu a mano desnuda

(extr. de "El Blanco Invisible", de Pascal Faulliot)

Cuando un hombre es desarmado en el curso de un combate, su única suerte de sobrevivir reside en su habilidad para utilizar sus armas naturales, es decir, las de su cuerpo.
El JIU-JUTSU, o el arte de la flexibilidad, es un método de combate a mano desnuda que reposa sobre el principio de no-resistencia. Este arte utiliza sobre todo técnicas que permiten utilizar los movimientos del adversario para ponerle fuera de combate. Método muy completo, el jiu-jitsu (o jiu-jutsu) utiliza todo el arsenal del cuerpo: desviaciones, proyecciones, barridos, golpes, llaves y estrangulamientos. El Judô deportivo surgió de él pero se alejó completamente. La puesta a punto del Judô por Jigoro Kano a comienzos del siglo no es más que su vago reflejo, empobrecido y mutilado.
AIKI-JUTSU significa Arte de la armonización de las energías. Muy próximo al jiu-jitsu en su técnica, este arte marcial no fue tan popular ya que era enseñado secretamente en el seno de ciertas familias de la nobleza guerrera. La familia Takeda fue una de sus depositarias. Fue sólo a comienzos del siglo XX que el último sobreviviente de la línea, Takeda Sokaku, aceptó divulgar un poco de esta enseñanza. Ueshiba Morihei fue aceptado entre el número de alumnos y se inspiró ampliamente en este Arte para crear el Aikidô, arte marcial centrado sobre la no-violencia y desprovisto de toda técnica ofensiva.
Las artes de combate de origen chino también se extendieron por el Japón. Se les llama kempo. El KARATE es el más célebre de estos kempo. Karate significa en japonés “mano vacía”.
En el archipiélago de Ryu-Kyu, en el sur del Japón, la isla de Okinawa pasó al siglo XV bajo la dominación china. Los ocupantes prohibieron a la población indígena la posesión de armas. Lejos de resignarse, el pueblo de okinawa desarrolló clandestinamente un arte marcial derivado del kempo chino: el tode o “mano de China”. Este arte fue introducido principalmente por monjes chinos, como lo testimonian cierto número de katas: un kata proviene del jion-ji, antiguo templo budista. El estilo Shorin-ryu evoca explícitamente su relación con el templo de Shaolin. La prohibición fue mantenida cuando en el siglo XVII Okinawa fue ocupada por un señor japonés. Practicada cada día más, siempre durante la noche, en secreto, el arte marcial local comenzó a ser conocido con el nombre de Okinawa-te. En el siglo XX, Funakoshi Gichin la introdujo en el resto del Japón. Entonces decidió llamarla “Karate-dô”, la Vía de la mano vacía, con el fin de remarcar su pertenencia al budô. La palabra kara (vacía) no fue elegida solamente para señalar el carácter de combate a mano desnuda de este arte, sino sobre todo por su significación moral y religiosa. Kara se refiere también al “vacío de toda intención agresiva” y evoca la experiencia Zen del “vacío”.
Esto parece estar lejos de la reputación de violencia que actualmente tiene el karate. Sus técnicas son en efecto, temibles, ya que están especializadas en los atemi los golpes sobre los puntos vitales con la ayuda de las manos, de los pies, de los codos y de las rodillas.
Si no es practicada en su óptica tradicional de arte de defensa y como Vía, el karate, separado del dô, degenera fácilmente en un boxeo peligroso que en ese momento no tiene ya ninguna relación con el Karate-dô, que fue practicado por Funakoshi Gichin hasta el momento de su muerte, a los ochenta y nueve años.

El Arte de la Espada

(extr. de "El Zen y el arte del tiro con arco", cap. VIII, de Eugen Herrigel)

...Después de todo lo dicho, mucho me temo que haya nacido en la mente de algunos lectores la sospecha de que, puesto que la arquería ha perdido su importancia en los combates de hombre a hombre, sólo ha podido sobrevivir como una forma extremadamente sutil y elaborada de espiritualidad y por ende sublimada de un modo no muy saludable. No creo que pueda censurarlos por entenderlo así.

De ahí que deba insistir una vez más en que las artes japonesas, entre las cuales se cuenta el arte de la arquería, no han sido puestas bajo la influencia de la Doctrina Zen en épocas recientes, sino que lo han estado durante siglos. En realidad, un Maestro arquero de aquellos lejanos tiempos, de haber sido puesto a prueba en tal sentido, no habría podido decir nada sobre la naturaleza misma de su arte que fuera radicalmente distinto de lo que puede decir un Maestro de nuestra época, para quien la Gran Doctrina es una realidad viviente. A través de los siglos el espíritu de este arte se ha mantenido sin variantes, tan poco alterable como la Doctrina Zen misma.

A fin de disipar cualquier duda -que, bien lo sé por experiencia propia, sería más que comprensible- propongo, con el propósito de comparar, que echemos una mirada a otra de estas artes cuya significación marcial no puede ser negada ni siquiera hoy: el arte de la esgrima. Lo propongo no sólo porque el Maestro Awa era también un excelente esgrimista "espiritual" sino también, y sobre todo, porque existe un documento literario de capital importancia, que data de la época feudal, en la que la caballería estaba en su apogeo y los Maestros esgrimistas debían demostrar su habilidad de la manera más irrevocable, a riesgo de perder la vida. Me refiero al tratado del gran Maestro Zen Tawuan, titulado La comprensión inmutable, donde se estudia in extenso la relación que une a la Doctrina Zen con el arte de la esgrima y la práctica de torneos de espadachines. No sé si éste es el único documento que expone la Gran Doctrina de la Esgrima con tanto detalle y tanta originalidad, y menos aún si existen testimonios similares sobre el arte de la arquería. Sea como fuere, es verdaderamente una suerte que se haya conservado este notable informe de Takuan y un gran servicio el que ha rendido D. T. Suzuki al traducir en forma más o menos completa esta carta de un famoso maestro de esgrima, poniéndola así al alcance de un gran sector de lectores (4).

Ordenando y resumiendo dicho material a mi manera, intentaré explicar en la forma más sucinta y clara posible qué se entendía en el pasado por esgrima y qué, según opinión unánime de los grandes maestros, debe entenderse por ello en la actualidad.

Entre los Maestros de esgrima y en base a su propia experiencia ya la de sus discípulos, se da por descontado que el principiante, por más fuerte y belicoso que sea y por más valeroso e intrépido que se sienta al principio, no bien comienza sus lecciones pierde no sólo su conciencia de sí sino inclusive la confianza en sí mismo. Llega a conocer todas las posibilidades técnicas que pueden poner en peligro su vida en el combate y aunque no tarda en mostrarse capaz de concentrar su atención al máximo de mantener una penetrante vigilancia sobre su adversario, de rechazar correctamente sus ataques y de lanzar estocadas efectivas, está en realidad en peores condiciones que cuando, mitad en broma y mitad en serio atacaba al azar de la inspiración del momento y según se lo sugiriera el rigor y el regocijo del combate. Ahora, en cambio, se ve obligado a admitir que está a merced de todo aquel que sea más fuerte, más ágil y más diestro que él. No ve, pues, otra salida que la práctica incesante y su instructor tampoco puede aconsejarle otra cosa por el momento. Así, el principiante se dedica de lleno a superar la habilidad de los otros y aun la propia; adquiere una técnica brillante que le devuelve parte de la perdida confianza en sí mismo y piensa que se está acercando a la meta anhelada. El instructor piensa, sin embargo, de muy distinta manera, y -afirma Takuan- está en lo cierto, pues toda la habilidad del principiante sólo lo conducirá a que "su corazón sea arrebatado por la espada".

No obstante, los primeros pasos de la instrucción no pueden ser impartidos de modo distinto y este sistema es el más apropiado para el principiante, aunque no conduzca hacia la meta, cosa que el instructor no ignora. El hecho de que el alumno no pueda convertirse en maestro de esgrima a pesar de su celo y aun a pesar de su habilidad natural, es más que comprensible. Pero, ¿qué razón hay para que él, que desde hace tiempo ha aprendido a no dejarse arrebatar por el calor del combate, y sí a mantenerse sereno, a conservar sus energías, y que ahora ya se siente preparado para entablar largos combates, y que difícilmente pueda hallar en su medio un adversario que lo iguale, juzgado por standards más elevados, fracase a último momento y sea incapaz de todo progreso?

La causa -siempre según Takuan- reside en el hecho de que el alumno no puede dejar de observar a su antagonista ni lo que éste hace con su espada; que constantemente está pensando en cuál será la mejor manera de atacarlo, esperando el momento de hallarlo desprevenido.

En resumen, lo que ocurre es que está dependiendo todo el tiempo de su arte y de sus conocimientos. Al hacerlo -asevera Takuan- pierde su "presencia de ánimo", la estocada decisiva llega siempre demasiado tarde y es incapaz de "volver la espada de su adversario contra el que la empuña". Cuanto más trata de hacer que dependa la excelencia en el manejo de la espada de su propia reflexión, de la utilización consciente de su habilidad y su experiencia y tácticas de lucha, más inhibe el libre "trabajo del corazón". ¿Qué debe, pues, hacerse? ¿Cómo se espiritualiza la habilidad y cómo el supremo control de la técnica se convierte en arte magistral del manejo de la espada? Según se nos informa, esto sólo es posible mediante el desprendimiento de sí mismo y la liberación de todo designio por parte del alumno. Debe enseñársele a desprenderse no sólo de su adversario sino también de sí mismo. Debe superar la etapa en que se halla y dejarla para siempre atrás, aun a riesgo de un fracaso irreparable.

¿No suena todo esto tan absurdo como la exigencia de que el arquero deba acertar sin tomar puntería, deba despreocuparse totalmente de la meta y de su intención de dar en el blanco? Conviene, no obstante, recordar que la esgrima magistral, cuya esencia describe Takuan, se ha vindicado en mil contiendas.

El papel del instructor no es señalar el camino en sí, sino permitir al alumno adquirir una clara percepción de este camino hacia la meta mediante su adaptación a las características individuales del sujeto. De ahí que comenzará adiestrándose para evitar instintivamente los ataques, aun cuando éstos lo tomen completamente por sorpresa. D. T. Suzuki describe, en una deliciosa anécdota, el método asombrosamente original empleado por un instructor para cumplir esta difícil tarea:

El Maestro de esgrima japonés emplea a veces el método Zen de adiestramiento. Cierta vez un alumno pidió a un Maestro que lo instruyera en el arte de la esgrima, y éste, que llevaba una vida recoleta en su choza en la montaña, accedió. Le asignó la tarea de ayudarlo a cortar y recoger leña, acarrear agua de una fuente cercana hacer el fuego, cocinar arroz, barrer las habitaciones, cuidar el jardín y encargarse de todos los trabajos domésticos mas no le impartía ninguna enseñanza regular o técnica en el arte de la esgrima. Pasado un tiempo, el joven comenzó a impacientarse ya que en efecto no había acudido al anciano para ser su sirviente sino para aprender el manejo de la espada. De ahí que un día se decidiera y hablara al respecto con el Maestro, pidiéndole que empezase realmente a enseñarle. El Maestro consintió. Lo que el joven ganó con ello fue que ya no pudo trabajar tranquilo; en las primeras horas de la mañana, cuando empezaba a cocinar arroz, aparecía el Maestro y lo golpeaba con un palo en la espalda. Cuando estaba barriendo, el mismo golpe estallaba en su espalda, sin que pudiera atinar a saber de dónde venía. Perdió la tranquilidad y la paz de espíritu; tenía que estar constantemente sobre el "quién vive". Pasaron algunos años antes de que pudiera sortear con astucia y agilidad los golpes, vinieran de donde viniesen, pero el Maestro aun no parecía satisfecho con los progresos del alumno. Un día, el Maestro estaba tranquilamente cocinando sus verduras en el fuego cuando el joven decidió aprovechar la oportunidad y armándose de un enorme palo lo dejó caer sobre la cabeza del Maestro que estaba inclinado sobre la olla revolviendo su contenido, pero el palo fue ágilmente detenido con la tapa de la olla. Esto iluminó al joven sobre los secretos del arte que hasta entonces le habían sido vedados. Por primera vez tuvo conciencia de la extraordinaria bondad del Maestro. (5)

El alumno debe desarrollar un nuevo sentido o, más exactamente, una nueva vigilancia, un nuevo estado de alerta de todos sus sentidos, que le permita evitar las estocadas más peligrosas como si las sintiera venir. Cuando ha llegado a dominar este arte de eludir los golpes ya no necesita observar con vigilante atención los movimientos del adversario ni de varios adversarios a la vez. Más bien, ve y siente lo que va a suceder y al mismo tiempo ha eludido ya su efecto sin que medie "el grosor de un cabello" entre la percepción propiamente dicha y el acto de esquivar. Es esto, pues, lo que importa: una reacción veloz que no necesite ya de la observación consciente.

Al menos en este sentido el alumno se independiza de todo designio consciente, lo cual es ya un gran progreso.

Lo más difícil y de una importancia realmente decisiva es hacer que el alumno deje de pensar en el comportamiento de su adversario y de observarlo; toma en serio su "no-observación" y sabe controlarse en todo momento, pero no nota que, al concentrar su atención en sí mismo, se ve inevitablemente como el combatiente que a cualquier costo tiene que evitar observar a su antagonista.

Haga lo que hiciere, sigue teniéndolo secretamente presente. Sólo en apariencia se ha desprendido de él y cuanto más se esfuerza por olvidarlo, más íntimamente se liga a él.

Se necesita una sutil guía psicológica para convencer al alumno de que no ha ganado nada fundamental con esta desviación de su atención. Debe aprender a no prestar atención a su persona de la misma resuelta manera en que no tiene en cuenta a su antagonista, y despojarse radicalmente de todo propósito, abstraerse también visualmente de sí. Como en la arquería, se requiere suma paciencia y práctica, pero una vez que esta práctica ha conducido al adepto a la meta, desaparece el último vestigio de autovisión en una definitiva y radical abstracción de sí.

Este estado de desprendimiento es seguido automáticamente por una forma de conducta que muestra una sorprendente semejanza con la etapa anterior, de evasión instintiva. Así como en esta etapa no había el grosor de un pelo entre la percepción de la estocada y el acto de esquivarla, no existe aquí tampoco ninguna transición entre la evasión y la acción. En el momento mismo de la evasión el combatiente se recoge para golpear y como un relámpago se produce la estocada mortal, segura, irresistible. Es como si la espada se manejara a sí misma, y así como decimos en la arquería que Ello apunta y acierta aquí también Ello sustituye al ego actuando con una facilidad y una destreza que el ego sólo es capaz de adquirir mediante el esfuerzo consciente. También aquí Ello es sólo el nombre de algo que no puede ser comprendido ni aprehendido y que sólo es revelado a quienes lo han experimentado.

La perfección en el arte de la esgrima se alcanza, según Takuan, cuando el corazón deja de preocuparse por pensamientos sobre el yo y el tú, sobre el adversario y su espada, la propia espada y cómo blandirla y manejarla y aun sobre la vida y la muerte. "Todo es vacuidad: el propio yo, la espada centelleante y el brazo que la esgrime. Aun el pensamiento mismo de la vacuidad ya no está allí." De esta vacuidad absoluta, afirma Takuan, "surge el más maravilloso replegamiento del hacer".

Y lo que es así en cuanto a la arquería y la esgrima, también lo es aplicado a las demás artes. De ahí que la maestría en la pintura tradicional japonesa sólo pueda lograrse cuando la mano, dueña ya su técnica, ejecuta lo que "ronda" ante el ojo del pensamiento en el mismo instante que el pensamiento comienza a concebirlo, sin que medie entre ellos el grosor de un cabello. La pintura se convierte entonces en una caligrafía. Aquí también las instrucciones -en este caso del pintor- podrían ser: pase diez años observando bambúes, conviértase usted mismo en un bambú, luego olvide todo y póngase a pintar.

El Maestro de esgrima es tan inconsciente de sí mismo como el principiante. La indiferencia que perdió al comienzo de su instrucción, la recupera al final como una característica indestructible. Pero, a diferencia del principiante, se mantiene en reserva, es calmo y modesto y no siente el menor deseo de exhibirse. Entre las etapas del aprendizaje y las de la maestría hay luengos años de infatigable práctica. Por influencia de la Doctrina Zen, su pericia se hace espiritual, y él mismo, cada vez más libre mediante la lucha espiritual, es transformado. La espada que a partir de ese momento se ha convertido en su “alma”, ya no sale fácilmente de su vaina; sólo la desenfunda cuando es inevitable hacerlo. De este modo puede suceder que evite combatir con un adversario indigno, un fanfarrón que se jacta de sus músculos, aceptando con risueña indiferencia la acusación de cobardía; mientras que, por estima a su contrincante, insistirá en un combate que no puede tener otro resultado que su muerte de un modo honorable. Éstos son los sentimientos que gobiernan el ethos del samurai, el incomparable "sendero del samurai" conocido con el nombre de Bushido, pues muy por encima de todo lo demás -victoria, fama, y hasta la vida misma- se halla la "espada de la verdad", que lo guía y lo juzga.

Como el principiante, el Maestro de esgrima es intrépido, pero a diferencia de él se torna cada día menos accesible al miedo. Años de incesante meditación le han enseñado que la vida y la muerte son en el fondo lo mismo y pertenecen al mismo estrato de realidad. Ya no sabe ni del miedo a la vida ni del terror a la muerte; vive -y esto es plenamente característico de la Doctrina Zen- suficientemente feliz en el mundo, pero está dispuesto a abandonarlo en cualquier momento, sin que le inquiete en absoluto la idea de la muerte. Por algo los samurai han elegido el frágil capullo del cerezo como su símbolo más auténtico. Como un pétalo desprendido bajo el sol matinal y que flota serenamente hacia la tierra, así el intrépido debe desprenderse de la vida, silencioso e interiormente impasible.

Estar libre del temor a la muerte no significa fingir ante uno mismo, en los buenos momentos, que no se temblará en presencia de la muerte y que nada hay que temer.

Antes bien, quien domina tanto la vida como la muerte, está exento de todo tipo de miedo hasta el punto de que ya no sabe siquiera qué es ni cómo es el miedo. Quienes no conocen el poder de la meditación rigurosa y prolongada, no tienen idea de las grandes conquistas sobre uno mismo que ella permite lograr. De cualquier manera el Maestro, cuando ha llegado a la perfección, demuestra en todo momento su valor, no a través de las palabras, sino en su misma conducta; basta con mirarlo para sentirse profundamente afectado por ella. Esa intrepidez inconmovible significa maestría y la maestría en la naturaleza misma de las cosas, es algo que pocos pueden alcanzar. En prueba de ello citaré un pasaje del Hagakure, que data de mediados del siglo XVII:

Yagyu Tajima-no-kami era un gran esgrimista y Maestro en el arte de la época del Shogun Tokugawa Iemitsu.
Cierto día, uno de los guardias personales del Shogun se presentó ante Tajima-no-kami y le pidió que lo instruyera.

El Maestro dijo:

-Según puedo ver usted parece ser ya un Maestro de esgrima. Dígame, por favor, a qué escuela pertenece antes de que entablemos nuestra relación de Maestro y alumno.

El guardia respondió:

-Me avergüenza confesar que nunca he aprendido el arte.

-¿Se burla de mí? Soy Maestro del honorable Shogun y sé que mi "ojo" no falla.

-Lamento ofender su honor, pero realmente no sé absolutamente nada.

La resuelta negativa del visitante hizo que el Maestro meditara un instante y luego:

-Si así dice, así debe ser; sin embargo, estoy seguro de que usted es Maestro de algo, aunque no acierto a precisar de qué.

-Ya que insiste, se lo diré. Hay algo de lo cual puede decirse que soy un maestro completo. Cuando aún era un niño, pensé que en mi condición de samurai no debía, en ninguna circunstancia, temer a la muerte y he luchado con el problema de la muerte durante años, hasta que dejó de preocuparme. ¿Será esto lo que usted intuye?

-Exactamente -exclamó Tajima-no-kami- eso es lo que quería decir. Me alegro de no haberme equivocado, pues los secretos últimos de la esgrima residen también en liberarse del pensamiento de la muerte. He adiestrado centenares de alumnos pero hasta la fecha no he hallado ninguno que merezca realmente el título de Maestro. Usted no necesita adiestramiento, es ya un Maestro.

Desde la más remota antigüedad la sala de práctica donde se aprende el arte de la esgrima es denominada "Lugar de la Iluminación".

Todo Maestro que practica un arte moldeado por la Doctrina Zen es como un relámpago nacido de la nube de la Verdad Omnímoda. Esta Verdad está presente en el libre movimiento de su espíritu y la encuentra una vez más en Ello como su propia esencia original e innominada.

Encuentra esta esencia una y otra vez como las posibilidades extremas de su propio ser, de manera que la Verdad asume para él -y para otros a través de él- mil formas y aspectos. A pesar de la rigurosa disciplina a la que se ha sometido con paciencia y humildad, aun está lejos de hallarse tan penetrado e iluminado por la Doctrina que pueda sentirse sostenido por ella en todo cuanto hace, de manera que su vida esté hecha sólo en momentos perfectos. La libertad suprema aun no se ha convertido para él en una necesidad.

Si es atraído irresistiblemente hacia la meta, debe emprender de nuevo su camino, tomar el sendero del arte sin artificios. Debe atreverse a penetrar en el Origen, a fin de vivir con la Verdad y en la Verdad, como alguien que se ha vuelto uno con ella. Debe convertirse de nuevo en alumno, en principiante; conquistar el último y más arduo tramo del sendero, sufrir nuevas transformaciones. Si sobrevive a sus riesgos, entonces su destino estará cumplido y contemplará de frente la Verdad intacta. La Verdad está más allá de todas las virtudes, el Origen informe de los orígenes, el Vacío que es el Todo; es absorbido por él y de él emerge, renacido.
.........
4 Daisetz Teitaro Suzuki, Zen Buddhism and its Influence on Japanese Culture, Kyoto, Sociedad Budista Oriental, 1938.
5 Daisetz Teitaro Suzuki, Zen Buddhism and its Influence on Japanese Culture, págs. 7 y 8.

El arte de convertir todo ataque en caricia

http://andresubierna.com/el-arte-de-convertir-todo-ataque-en-caricia/

Las puertas del vagón se abrieron en una estación, y de repente la calma de la tarde fue quebrada en mil pedazos por un hombre que vociferaba insultos violentos e imcomprensibles. El hombre entró trastabillando en nuestro vagón. Era grandote, vestía ropas de obrero, estaba sucio y borracho. Gritando, le pegó un empujón a una mujer que sostenía un bebé en sus brazos. El golpe la hizo caer sobre las piernas de una mujer mayor. Fue un milagro que el bebé no sufriera daño.
…[El obrero] tomó uno de los pasamanos de metal en el centro del vagón y trató de arrancarlo de su montante. Vi que un corte en una de sus manos sangraba. El tren revivió con una sacudida y se puso en movimiento. Los pasajeros estaban helados de miedo. Me puse de pie.
En ese entonces, hace unos 20 años, era joven y estaba en buen estado… Me creía duro. El problema era que mis capacidades marciales aún no habían sido probadas en verdadero combate. Como estudiante de aikido, no se nos permitía pelear.
“Aikido”, decía mi maestro una y otra vez, “es el arte de la reconciliación. Quien alberga pensamientos combativos en su mente ha roto su conexión con el universo. Si tratan de dominar a la gente, ya están vencidos. Aquí estudiamos cómo resolver el conflicto, no como empezarlo.”
Me sentía a la vez rudo y santo. Sin embargo, en lo profundo de mi corazón, ansiaba una legítima oportunidad de salvar al bueno destruyendo al malo.
“¡Esta es la mía!”, me dije, poniéndome de pie. “Hay gente en peligro, y si no actúo rápido, probablemente alguno saldrá lastimado.”
Al verme de pie, el borracho me reconoció como un blanco donde enfocar su rabia. “¡Ahá!, rugió, “¡Un extranjero!…”
Me tomé del pasamanos y le lancé una mirada de disgusto y desprecio. Me relamía internamente pensando cómo iba a descuartizarlo, pero él tenía que dar el primer paso. Lo quería furioso, así que fruncí mis labios y le soplé un beso insolente.
“¡Muy bien!, bramó. “Vas a recibir una lección.” Se preparó para abalanzarse sobre mí.
Una fracción de segundo antes de que se arrojara, alguien gritó: “¡Hey!” La estridencia fue sorprendente; un sonido que partía los oídos. Todavía recuerdo su tono extrañamente alegre y melodioso; como si hubiera estado buscando algo intensamente, y de pronto hubiera dado con ello. “¡Hey!”
Me volví hacia mi izquierda; el borracho, hacia su derecha. Los dos miramos hacia abajo y vimos un pequeño anciano japonés. Debe de haber estado bien entrado en los setenta este gentilhombre diminuto, sentado allí con su kimono inmaculado. Ni se dio por enterado de mi existencia, ya que prestaba toda su atención al trabajador, al que le dirigía una sonrisa resplandeciente, como si tuviera un secreto importantísimo y delicioso para compartir con él.
“Ven aquí”, dijo el anciano en un lenguaje vernáculo, haciénole señas al borracho para que se acercase. “Ven aquí y habla conmigo.” Movía suavemente la mano.
El hombretón seguía sus movimeintos, como atado por un hilo. … y rugió…: “¿Por qué demonios debería hablar contigo?”.
El anciano continuó sonriendo luminosamente. “¿Qué has estado bebieno”, preguntó, sus ojos chispeando de interés. “Estuve bebiendo sake”, vociferó el obrero.”¡¿Y eso qué te importa?!” Gotitas de escupitajo salpicaron al viejo.
“Ah, eso es maravilloso, ¡absolutamente maravilloso! Ya ves, a mi también me encanta el sake. Cada noche, mi esposa y yo (ella tiene 76 años, ¿sabes?), calentamos una botellita de sake, nos la llevamos al jardín y nos sentamos en un viejo banco de madera. Disfrutamos del ocaso, y miramos cómo sigue nuestro árbol de caqui. Mi bisabuelo lo plantó… Nuestro árbol ha evolucionado mejor de lo esperado, especialmente al considerar la pobre calidad del suelo. Es gratificante mirarlo cuando tomamos nuestro sake y salimos a disfrutar del anochecer; ¡aun cuando llueve!” El anciano contempló al obrero con mirada luminosa.
Mientras se esforzaba por seguir la conversación, la cara del borracho se fue suavizando. Sus puños lentamente se aflojaron. “Sí”, dijo, “a mí también me gustan los árboles de caqui…” Su voz se desvaneció en un susurro.
“Sí”, dijo el anciano, sonriendo, “y estoy seguro de que tienes una maravillosa mujer.”
“No”, respondió el obrero. “Mi esposa ha muerto.” Suavemente, meciéndose con el bamboleo del tren, el hombretón comenzó a sollozar. “No tengo esposa, no tengo casa, no tengo trabajo. Estoy muy avergonzado de mí mismo.” La lágrimas rodaban por sus mejillas; un espasmo de desesperación estremeció su pecho.
Ahora era mi turno. De pie allí…, con mi actitud moralista de hacer-este-mundo-seguro-para-los-buenos, me sentí más sucio que él.
El tren arribó a mi estación. Mientras la puertas se abrían, oí al anciano chasquear su lengua compasivamente. “Ay Dios”, dijo, “ese es ciertamente un predicamento sumamente difícil. Siéntate conmigo y cuéntame tu historia.”
Me volví para dar una última mirada. El obrero estaba tumbado en el asiento, su cabeza en el regazo del anciano. Este le acariciaba gentilmente el pelo sucio y pringoso.
Mientras el tren se alejaba de la estación, me senté en un banco. Lo que había querido hacer con músculo había sido conseguido con amor.
Por Andrés Ubierna | Fuente: It’s a Lot Like Dancing, de Terry Dobson, vía Metamanagement.

sábado, 23 de abril de 2011

Guerrero

Quien maneje la espada es aquel que, sin desenvainarla, consigue probar que nadie podrá vencerlo.

No pretendas ser valiente cuando ser inteligente es suficiente.

Para el examen...

Durante el examen se debe ver si tu preparación
es el fruto de un estudio constante…
y no del último minuto.

La ley de las "Manos Vacías"

Del Kenpo (arte también practicado por Sensei Miyazawa), podemos extraer un valioso pensamiento:


Vengo hacia ti con las manos vacías,
no tengo armas…;
pero si soy obligado a defenderme,
a defender mis principios o mi honor,
si es cuestión de vida o muerte,
por el derecho, por la injusticia,
entonces aquí están mis armas…
las Manos Vacías…

Algunos videos de Aikido

Exhibición de Sensei Steven Seagal 

Sensei Christian Tissier
Festival de Artes Marciales de Bercy (tomado de www.aikikai.org.ar):
2004:
http://www.youtube.com/watch?v=UGFJUlGfWO8
2005:
http://www.youtube.com/watch?v=9MIVo68o6Sg

Una muestra de técnica
http://www.youtube.com/watch?v=aicHsMC6rxM


El arte del Ukemi, ejecutado con suavidad

Myanmar Aikido - ukemi practice
Aikido Ukemi: Meeting the Mat
http://www.youtube.com/watch?v=8OaicleoK4M

AIKIDO en el Oratorio Santa Catalina

Piedras 1527 (esq. Brasil) (C1140ABG) - Constitución - Cap. Fed.
4300-2194
https://www.facebook.com/aikidosantacatalina

Lu. y Ju., de 18:30 a 20:30
Sáb., de 16:30 a 18:00

La palabra Aikido se forma a partir de “Ai” (armonía), “Ki” (energía), “Do” (camino): El “camino para la armonía de la energía”. Este “camino” surgió de antiguas técnicas japonesas, empleadas en la esgrima de los samurai, y fue difundido a mediados del siglo XX por O´Sensei Morihei Ueshiba. El Aikido es un arte marcial estrictamente defensiva con una fuerte base filosófica y espiritual, acentuando la necesidad del equilibrio y la pacificación. De este modo, se pone énfasis en el aprovechamiento de la fuerza del adversario, mediante movimientos dinámicos y circulares, para restablecer la armonía. Las técnicas de esta disciplina permiten la defensa personal utilizando las manos vacías ante agarres, golpes, patadas, desde una posición erguida o sentada en el suelo, de frente o desde atrás, contra uno o varios atacantes, armados o no, etc.

En el Aikido no se realizan competencias y se rechaza todo lo que implique violencia y destrucción del ser humano. El propósito es neutralizar la agresión del rival y recuperar la armonía. El principio de la “no-violencia”, base mental del Aikido, consiste en vivir esmerándose por comprender todas las manifestaciones de la Naturaleza, de modo de ponerse en perfecta sintonía con el Universo. Por esto, los principios del Aikido son los principios de la naturaleza misma.

El trabajo sincronizado de mente y cuerpo ayuda a la manifestación plena de sus funciones, y permite desarrollar el poder potencial existente en cada individuo. El Aikido enseña esta coordinación y conduce hacia una calma espiritual gozando de sentimientos de gratitud y descanso, dando el valor para enfrentar todos los obstáculos de la vida diaria.

Físicamente, es una forma de ejercicio aeróbico y una vigorosa actividad cardiovascular, que fortalece la estructura ósea y las articulaciones, mejorando la circulación sanguínea, la respiración, la flexibilidad, elongación, plasticidad y postura corporal, mientras aumenta la coordinación psicomotriz y desarrolla los reflejos. Al no ser un deporte “competitivo” (la meta es superarse a uno mismo), la práctica se realiza en un clima distendido y cordial.

Psicológicamente, desarrolla la seguridad en sí mismo y en el compañero de prácticas, ayudando a la sociabilización, fortaleciendo el carácter e incorporando valores humanísticos. El dominio progresivo de las técnicas (basadas principalmente en la física de la “palanca”) fomenta la fuerza de voluntad, el conocimiento del propio potencial y refuerza en el practicante una sensación de bienestar consigo mismo que se traduce con buenos efectos en otras áreas de la vida personal, familiar, social, etc ("La fuerza de las emociones"; http://www.lanacion.com.ar/1782127-la-fuerza-de-las-emociones ).

"Es importante para los jóvenes descubrir el gozo que da el cuerpo. Esto se puede hacer a través del aikido, por ejemplo, que, despojado de la violencia, deja ver la belleza del cuerpo. " señala Anselm Grün, monje benedictino, uno de los autores de libros de espiritualidad más leídos en la actualidad. ( http://www.lanacion.com.ar/800617-el-celibato-sacerdotal-deberia-ser-optativo )

El Aikido comenzó su actividad en el Oratorio de la Casa Salesiana Santa Catalina, de la Obra de Don Bosco, ( https://www.facebook.com/pages/Oratorio-Santa-Catalina/437652299645071 ) el 15 de Agosto de 1992, gracias al Prof. Oscar Borelli, discípulo del Prof. Néstor Ivanisevic y de Sensei Kenzo Miyazawa, introductor del Aikido en la Argentina (en 1964), formando hoy parte de la organización Aikido Aikikai Argentina ( https://www.facebook.com/pages/Aikido-Aikikai-Argentina/213710467854 ), presidida por el Prof. Mario Lorenzo (4to. Dan Aikikai Tokyo, Japón), ex-miembro del Comité Directivo de la International Aikido Federation (www.aikido-international.org). Desde el año 2002, el responsable general de la actividad es el instructor Luis Rojas (3er. Dan de Aikido y 4to. Dan de Judo), de 40 años. Además del Prof. Rojas, hay otros cinturones negros (de edad similar) que suelen asistir a las prácticas regulares y colaboran con el Sensei (“profesor”): Vicente Rojas, Leonardo Ruiz, Melina Rey y Rafael Tesoro (2dos. Danes), Lorena Otano, Nicolás Ruiz, Sergio Fernandez y Sebastián Sosa (1ros. Danes).

El grupo de practicantes suma cerca de 25 personas (considerando a las personas con asistencia más esporádica), e incluye niños desde los 8 años de edad, adolescentes, jóvenes y adultos, varones y mujeres (No hay restricciones particulares para la práctica del Aikido, si hay una decisión de practicarlo con seriedad y constancia). Cada practicante debe asistir inicialmente con ropa cómoda para la actividad física (equipo de gimnasia o jogging, por ejemplo); en caso de perseverar en la actividad, cada practicante debe presentar un “apto médico” para la misma y concurrir con su keikogi (equipo apropiado para las artes marciales japonesas). La práctica se desarrolla de tal manera que cada practicante, luego de la observación detallada de las técnicas ejecutadas por el instructor, enseña y aprende a la vez, al ensayar con sus propios compañeros, procurando que los ataques sean sinceros, aceptando la técnica defensiva sin resistencias artificiales, ejecutando la defensa con cuidado y precisión, prestando atención a la propia postura, al ritmo respiratorio, alternando roles con el compañero, etc.

La actividad se sostiene con la cuota requerida para el funcionamiento de la Aikido Aikikai Argentina ($ 50 por mes, o $ 600 al año), más el derecho de examen estipulado por la misma cuando se pasa de un cinturón a otro. Además, cada practicante puede colaborar voluntariamente (según su capacidad económica) con el instructor a cargo de la actividad, en reconocimiento a su esfuerzo y dedicación (se sugiere la cantidad de $ 200 por mes). Sin embargo, en concordancia con el objetivo de la difusión del Aikido y con un criterio de solidaridad y de responsabilidad social institucional, confiando en los beneficios que brinda la práctica del Aikido, la Aikido Aikikai Argentina invita a todos quienes deseen practicar en forma gratuita por tres meses renovables, pidiendo únicamente asistir regularmente a las prácticas y respetar las normas del dojo (“lugar de práctica”) y del Oratorio.


...

Apéndice
Fuente: https://blogs.ua.es/aikido/aikido-infantil-beneficios-de-este-arte-marcial-en-los-ninos-y-ninas/

Aikido Kids:
https://www.youtube.com/watch?v=EV5ivNTptAI

Beneficios del Aikido para los niños, niñas y jóvenes
Los adultos suelen practicar Aikido para adquirir buena condición física general, como una efectiva defensa personal incluso ante varios adversarios y ante armas, para obtener control de la ansiedad y el estrés ante situaciones difíciles, por profundizar en su filosofía… Pero estos son conceptos en los que la mayoría de los niños ni siquiera han pensado. Entonces ¿por qué practicar Aikido es una buena opción para niños, niñas y jóvenes? ¿qué beneficios puede aportar a sus vidas?

Diferencias del planteamiento de las artes marciales en niños y adultos

Durante las clases de Aikido infantil, en un clima divertido y dinámico se integran todos los aspectos esenciales en el desarrollo y el aprendizaje, por medio de juegos, formas, posturas, movimientos, desplazamientos, técnicas de defensa personal y diversos ejercicios realizados a través de diferentes actividades lúdicas. De esta manera se logra que sientan curiosidad ante nuevas situaciones y se muestren dispuestos al cambio, logrando una formación y educación global en los distintos ámbitos:

Desarrollo físico y Psicomotricidad:

Desarrollo de las capacidades físico-motrices (adecuadas a su edad): velocidad, resistencia, fuerza y flexibilidad.
Desarrollo de las capacidades percepto-motrices: El trabajo técnico con ambas manos y pies ininterrumpidamente y manteniendo al máximo la estabilidad, activa simultanea e intensamente los dos hemisferios del cerebro, provocando un aumento de sus capacidades al encontrarse ante situaciones que no ofrece la vida cotidiana ni otros “deportes”. Con la práctica adquirirán un mejor sentido del equilibrio y esquema corporal, una mayor coordinación y agilidad, y una correcta propiocepción, armonización del cuerpo, percepción espacio-temporal…
Las aplicaciones técnicas son herramientas que les dotan de patrones y esquemas motrices para usar su cuerpo de forma óptima en infinidad de diferentes movimientos, que servirán de base para realizar otros nuevos.

No Violencia:

Su hijo no se verá tentado a iniciar una pelea con Aikido, ya que éste se caracteriza por el principio de no-violencia y no estimula la agresividad hacia otros.
Aumentará la capacidad de resolver los conflictos de formas diferentes a la confrontación directa.
Las técnicas de Aikido se usan sólo cuando alguien “rompe las reglas”; ante ataques físicos o intentos de retener, por ejemplo.

Defensa Adecuada:

El Aikido busca armonizar el conflicto, disuadir y neutralizar la intención agresiva del adversario causándole el menor daño posible.
La potencia o efectividad del Aikido no se basa en el tamaño, velocidad, peso o alcance; se trata de optimizar los movimientos y obtener con el mínimo esfuerzo el mejor resultado.
Es sorprendente cómo los niños pueden llegar a aplicarlo sobre adultos.
Los desequilibrios y controles de Aikido funcionan muy bien, aun si los niños son pequeños.

Disciplina – Autocontrol:

La práctica del Aikido enseña a mantenerse en calma y controlar la agitación, precipitación e impaciencia -tan natural en los niños y jóvenes de hoy en día– facilitándoles, por ejemplo, permanecer sentados en la escuela, concentrarse en la tarea o enfocarse durante la práctica de algún otro deporte o actividad.
Durante la clase hay momentos para jugar, momentos para estar serios, momentos para hablar, momentos para relajarse, momentos para aprender… se vuelven conscientes de que existen momentos diferentes y aprenden a adaptarse a cada situación de manera natural.
También de forma natural al desarrollo de la práctica, se toma conciencia y se asimilan normas, límites y valores.

Respeto – Tolerancia – Valores:

Debido a su gran contenido ético, a través del Aikido aprenderán respeto, disciplina y cooperación entre compañeros que nada tiene que ver con el carácter competitivo presente en casi todos los ámbitos tan comunes de nuestros días.
La práctica del Aikido les enseña que ocasionando problemas nada ganarán. Es un estado mental correcto, calmado y positivo el que les permitirá obtener logros aun en medio de situaciones adversas.

Autoconfianza – Asertividad:

Esta manera de practicar fortalece la imagen que el alumno tiene de sí mismo, tanto física y mental como espiritual:
Se refuerzan conceptos como la autoestima y autoimagen, adquiriendo seguridad y asertividad, consiguiendo que el alumno se respete y valore a sí mismo y de esta manera respetar a los demás.

Socialización – Afectividad:

En los ámbitos psico-social y psico-afectivo, la práctica del Aikido desarrolla las habilidades sociales y fortalece el carácter:
Para poder aprender una técnica han de cooperar y ayudarse mutuamente, lo que conlleva tratarse con respeto los unos a los otros, reforzando su autocontrol y mejorando la gestión de sus emociones.
Los niños y jóvenes aprenden que hay otra manera de resolver los conflictos que no se basa en enfadarse ni en golpearse.

Perseverancia:

Se potencia y se premia el esfuerzo del niño por lograr objetivos y aprender a no rendirse.
La práctica del Aikido no requiere de habilidades especiales; La clave para progresar en Aikido es simplemente perseverar y tener una actitud positiva.

Aikido Kids - Démo Aïkido enfants - Saint-Pierre-du-Mont (Landes) https://www.youtube.com/watch?v=uOn89F0KSX0