domingo, 24 de abril de 2011

El último secreto

(extr. de "El Blanco Invisible", de Pascal Faulliot)

“Aquel que realiza el
secreto del budô tiene el universo en él mismo
y puede decir: Yo soy
el universo. Por esta razón,
cuando alguien intenta combatir conmigo,
se enfrenta al mismo universo,
debe romper la armonía
del universo. En el instante
en el que piensa medirse conmigo,
ya ha perdido.

UESHIBA MORIHEI


Por misteriosos que puedan parecer sus secretos, los Maestros han dejado testimonios significativos, de una simplicidad desarmante...
“El verdadero blanco que el arquero debe apuntar es su propio corazón nos dice una máxima del Kyudô, la Vía del tiro con arco. Kokoro significa en japonés corazón, pero también espíritu, ser. Kokoro, como el corazón físico enraizado en el cuerpo, es ese centro del hombre que hace palpitar su ser profundo, bajo la capa de las apariencias.
Los Maestros, igual que los guías de alta montaña, indican el Camino, las etapas para llegar a apuntar el propio corazón. Takuan, célebre Maestro Zen, enseñaba a su no menos ilustre discípulo Tajima no Kami, profesor de sable del shogun, que la Vía del corazón comienza por la “no-dispersión de la energía”, por la verdadera “concentración”. Explicaba por ejemplo que si el ki es dirigido sobre los movimientos del adversario, es hipnotizado por ellos. Si es dirigido sobre la defensa, está preso por la idea de defensa. El ki prisionero está a merced del adversario. Tokuan lo alentaba, para liberar su ki, a que lo dejara invadir todo el cuerpo, que lo dejara atravesar la totalidad de su ser. En esas circunstancias no se perderá ningún tiempo ni ninguna energía si hay que utilizar las piernas o las manos. La respuesta adaptada a las circunstancias será instantánea, inmediata como un chispazo. Si la fluidez del ki es preservada guardándola libre de las elucubraciones mentales y de las reacciones emocionales, actuará allí donde sea necesario, con la rapidez del relámpago.
Los japoneses llaman a esta fluidez munen o muso, es decir, “no-mente”, “no-ego”. Su tradición compara este estado a la claridad de la luna que aunque es única, se refleja por todas partes donde hay agua, sin discriminación, instantáneamente.
De la misma manera que el Maestro Takuan aconseja dejar que el ki invada la totalidad del cuerpo, los taoístas y los Maestros del tai chi chuan afirman que el cuerpo humano es parecido a la tierra: posee ríos subterráneos. “Si estos ríos no son obstruidos, la circulación de la energía se produce naturalmente”. Esta sabiduría del cuerpo parece haber sido olvidada por un número demasiado grande de expertos contemporáneos que confunden “dominio del cuerpo” con musculatura, endurecimiento, resistencia y condición física “destructora”. Sin embargo, los adeptos taoístas no dejan de poner en guardia: “Un practicante del Tao preserva su cuerpo físico con la misma atención que tendría hacia una piedra preciosa, ya que el Tao no puede ser alcanzado sin el cuerpo...”
La Vía de las artes marciales se asienta por completo en la idea de que un trabajo con el cuerpo es una meditación del cuerpo. El cuerpo puede servir de receptáculo a una energía que obrará en el interior y realizará una maravillosa alquimia.
“Si el adepto armoniza el pequeño universo que es su cuerpo, estará en armonía con el Cosmos”, declaran los taoístas. “La Vía de las artes marciales es hacer del corazón del Universo su propio corazón, lo cual significa estar unido al centro del Universo.” Tal es la increíble afirmación de Ueshiba Morihei.
La ciencia esotérica común a todas las grandes tradiciones enseña que el hombre es un macrocosmos, es decir, un modelo reducido del Universo, del macrocosmos. El ser humano contiene en estado latente todas las dimensiones del Universo, obedece a las mismas leyes, a los mismos ritmos. El arte de apuntar al propio corazón consiste en armonizares consigo mismo para poder “conectarse” con la fuente del ki original. Se dice que los grandes Maestros han roto la pantalla asfixiante del ego para dejar que el aliento del Universo atraviese su ser. La magia del Tao opera a través de ellos. A través del wu-wei, la no-resistencia, dominan el “arte sin artificio”.
“Cuando un Maestro pasa, los perros no ladran”, dice un proverbio oriental. Reconciliado consigo mismo y con el Universo “absorbe al otro en su propio corazón”, nos confía el Maestro Ueshiba. La presencia de un hombre así armoniza todo lo que le rodea.
“Con un extremo de su arco el arquero clava el Cielo, con el otro, la Tierra, y la cuerda que los une lanza la flecha al Corazón del Blanco visible e invisible”. El Arquero es el Hombre verdadero que según los ritos chinos desempeña una misión en la Creación al mismo nivel que el Cielo y la Tierra: “El Cielo engendra, la Tierra nutre y el Hombre realiza.” El Hombre que practica el Arte de apuntar su Corazón reintegra su verdadero lugar: ser un trazo de Unión entre el espíritu y el cuerpo, entre el Cielo y la Tierra.
La Vía de las artes marciales, tal y como es enseñada por los raros Maestros auténticos, ( ¡no confundir con las imitaciones!) es pues uno de los hilos de Ariadna que conduce a la llave que nos permite revelar el desafío.
De todas maneras, repiten los Maestros, sea cual sea la Vía elegida para resolver el enigma que nos plantea el Universo en nuestra propia existencia, sólo es posible realizar la gran Aventura a través de una experiencia vivida, a costa de un aprendizaje intensivo bajo la dirección de un verdadero Maestro. Pero hay que saber, añaden, que la Última Realidad no puede ser comunicada ni por palabras, ni por símbolos. Un guía experimentado puede aconsejar, alentar, pero el secreto no puede ser transmitido de un hombre a otro. Debe ser conquistado.

“Lo que habéis aprendido escuchando las palabras de otros
Lo olvidaréis rápidamente.
Lo que habéis aprendido con la totalidad de vuestro
cuerpo, lo recordaréis durante toda vuestra vida.”

FUNAKOSHI GICHIN

“Conocer algo quiere decir experimentarlo
concretamente.
Un libro de cocina no aliviará vuestra hambre.

TAKUAN

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